La Ventana
por René Bascopé
Abrigado con un viejo
y descolorido sacón que alguna vez fue de mi abuelo y que ya me atrevía a usar (ese año
crecí demasiado), salí de la casa repitiendo interiormente los encargos de mi madre,
palpando en mi bolsillo la carta que debía entregar. Me sentí importante sin alcanzar a
comprender por qué. El hecho de que confiara una carta, así, tan repentinamente,
confirmaba las palabras que desde un tiempo me iba repitiendo: ya era todo un hombre. Las
pronunciaba lentamente, con un gesto severo y definitivo, extraño para su rostro que
siempre consideró como la exacta forma de la ternura.
Caminé por el lodo (esa tarde había
llovido torrencialmente) esquivando los charcos que reflejaban débilmente la luz ubicua
que se descolgaba del único poste de la cuadra.
Y no sé si mis
pasos lerdos y cuidadosos se debían a esa dificultad o al secreto deseo de conservar
indefinidamente esa sensación única de "ya eres todo un hombre", como si la
conciencia de serlo fuera tan efímera como un puñado de monedas. |
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Al llegar al solitario sauce
de la esquina, que se mecía lentamente en el frío, miré hacia atrás y me di cuenta que
estaba en la frontera de dos mundos distintos. La noche para el alma es un faro que
descubre las diferencias brutales ocultas por el ruido y la frivolidad d el sol.
Todas las casas de mi calle desprendían una luz
mortecina, quizá porque su destino de barrio pobre sólo le permitía utilizar los
residuos de la electricidad de la ciudad, o porque los vidrios estaban cubiertos por
costras de suciedad cuando no eran reemplazados por cartones o nylons. En cambio hacia
adelante, quizá a diez pasos del sauce, empezaba la luminosidad diáfana de dos hileras
de postes metálicos, de cuyos extremos inclinados servilmente brotaban rayos de neón al
pavimento negro, mojado y brillante.

Era la primera vez que caminaba solo por las calles
a esa hora. Una quietud desconocida poblaba ese aire húmedo. Algunas calles que
atravesaban mi ruta las había recorrido alguna vez, cuando, hastiado de andar siempre el
mismo camino para ir a la escuela, daba inexplicables rodeos.
Cuando llegué a mi destino, después de constatar
varias veces la dirección toqué el timbre con un poco de temor, con ese miedo humillante
del que teme importunar lo desconocido. Esperé un tiempo suficientemente largo como para
tener la certeza de que debía llamar nuevamente y luego retirarme. Oprimí el botón. La
casa de un gris soleado (seguramente alguna vez fue verde-malva), se elevaba a una
distancia de la verja y mostraba sus tres pisos que parecían deshabitados. Me disponía a
retirarme pero una de las ventanas del tercer piso se encendió con una luz pálida,
recortando la figura de una muchacha que posiblemente intentaba mirarme. Luego, a su lado,
apareció otra silueta que recorrió un poco más el visillo semitransparente que cruzaba
diagonalmente el marco. Era lógico suponer que trataban de reconocerme. Yo no hice
ningún movimiento, y mientras esperaba que tomaran alguna decisión, pude observar parte
del tumbado, sin poder distinguir su color. Después de un instante, la segunda imagen,
que parecía ser de una mujer madura, soltó el visillo y cayó nueva- mente hasta su
posición original. La muchacha, cuyas facciones apenas podía distinguir, continuaba
mirándome. Poco después la puerta de la casa se abrió, y una anciana se dirigió a mí,
lentamente, atravesando el terreno yermo que nos separaba y que daba la impresión de
haber sido alguna vez jardín. Se detuvo casi a un par de metros y me preguntó qué era
lo que deseaba. Trastabillando le respondí que tenía una carta para la dueña de la casa
y que mi madre me había encargado entregarla. Secamente me preguntó quién era mi madre,
y cuando le respondí movió la cabeza y se acercó hasta la reja. Cuando le entregué el
sobre a través de las barras, aún temeroso y desconcertado, miré hacia arriba y la
muchacha me seguía observando. Recién entonces me sentí ridículo de mi facha; el
sacón de mi abuelo me chorreaba por los hombros y me daba, seguramente, una apariencia
miserable. La anciana que tenía un aire extraño (quizá ahora lo calificaría entre
decadente y aristocrático), giró suavemente y sin pronunciar las palabras que esperaba
íntimamente, penetró en la casa. Respiré profundamente y me sentí avergonzado de esa
actitud tan parecida al desprecio, de esa actitud que me hacia sentir culpable, como si yo
hubiera sido el responsable de que la anciana me hubiera ignorado.
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En la ventana
continuaba la muchacha, mirándome como si hubiera querido convencerme de que no la había
soñado. De pronto la luz se encendió y la vi; me miraba nuevamente, como la primera vez.
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Debido a la claridad
que todavía dibujaba las cosas, pude captar su imagen con mayor nitidez; realmente era el
ser más hermoso que jamás había visto en la tierra. Pero a pesar de la agitación de mi
alma me di cuenta que ella había estado en la ventana antes que se encendiera la luz y
que me observaba mucho antes de lo que yo creía. Entonces no le interesaba; entonces,
quizá me había reconocido.
La noche hizo que poco a poco sus rasgos fueran
tornándose más difusos; en cambio su silueta se hacia más clara a contraluz. Esa noche
supe que mi vida sin ella no tenía razón de ser, y tuve la certeza de que también ella
sentía algo por mí; si no ¿qué motivo la hubiera mantenido allí, fija a la ventana?
No sé cuanto tiempo nos quedamos así, mirándonos
fijamente, y sólo la conciencia de haber burlado a mi madre enturbió un poco mi
felicidad. Le hice una seña con la mano y me alejé rápidamente, satisfecho y temeroso.

Y ocurrió más o menos como me lo imaginaba; mi
madre me esperaba llorosa y preocupada. ¿Cómo explicarle todo? Jamás tendría la
temeridad de confesarle mis sentimientos. Sé que mi silencio le dolió, porque le sugerí
dudas como llagas. Pero todo era compensado por el recuerdo de ella, de ella, cuyo nombre
ignoraba, aunque así, amándonos de lejos, podíamos llamarnos como nuestra ansiedad nos
lo dictaba. Por eso la huida se repitió varias veces, sabiendo que enfrentaba la ira y el
dolor de mi madre, que, aunque nunca explotaba, se iba marcando en su rostro en una
expresión de indefinido desencanto que yo quería evitar o por menos atenuar, en un
intento de reducir la cantidad de invalorables minutos de la pequeña eternidad de verla,
parado frente a su ventana, que casi con precisión se encendía cuando yo llegaba.
Sin embargo llegó el momento en que sentí un
impulso recóndito. El verla alimentaba mi esperanza de tocarla y de besarla alguna vez.
Porque estaba seguro de que ella me amaba; ya no podía caber duda. Entonces traté de
buscar la oportunidad de entrar en la casona, pero sabía que eran muy remotas las
posibilidades de lograrlo. Sabía que ella languidecía en la ventana todos los
atardeceres y que esperaba de mi alguna iniciativa. No podía defraudarla.
Y una tarde la luz no se encendió, y a partir de
entonces mi alma empezó a desfallecer, aún cuando sabía que ella continuaba
allí, pegada a la ventana, esperando que yo hiciera algo. Esto me decidió a vencer el
temor a que mi madre se diera cuenta de todo lo que ocurría y a preguntarle, con cautela
y muchos rodeos, sobre aquella anciana a quien llevé la carta una noche de llovizna. Y
ella, como si hubiera tenido conciencia plena de la trascendencia de sus palabras, me
contó que sabía que se encontraba enferma de gravedad en un hospital. Esa explicación
me desconcertó, pero al mismo tiempo me dio algunas luces. Y esa misma noche, bajo la
nueva lluvia, invulnerable a su melancolía, le hice señas indicándole que sabía lo que
estaba sucediendo, que sabía de su dolor, de su angustia y de su soledad, y que pronto
(aunque no sabía cómo) estaría a su lado para protegerla, para amarla y para no
abandonarla nunca más. Ella dejó que la oscuridad terminara de penetrarla como un sueño
y no me respondió. Esa noche estuve en la brumosa acera mucho tiempo, acompañándola en
su incomprensible desamparo; luego regresé a mi casa.

Mi madre, sin una sombra de reproche, me esperaba en
un trance de duermevela. En su frente se podía notar el sufrimiento que le producía mi
actitud. Me sirvió una taza de café y mientras bebía, pensativo y mortificado, me dijo
que se había enterado que la anciana por quien había preguntado esa tarde había muerto.
No supe nunca la clase de relación que unía a mi madre con ella, pero sabía que estaba
diciendo la verdad. Además (mucho después lo entendí), ella sabía que mi
transformación estaba vinculada de alguna manera con la noche en que me encomendó
entregar la carta, y por eso mismo sabía que la información de la muerte de la anciana
pesaría sobre mí con la importancia de cambiarme definitivamente o de regresarme hacia
ese punto de partida anhelado. Por esa razón ella creyó que valía la pena correr el
riesgo.
Esa noche no dormí pensando en la manera de evitar
que ella sufriera; porque seguramente estaría sufriendo mucho a esas horas, enterada de
la muerte de ¿su madre?, ¿su abuela? Salir de mi casa en ese instante hubiera
significado confirmar las sospechas de mi madre, así que decidí faltar a la escuela al
día siguiente e ir a su encuentro y dejar que el destino y las circunstancias lo
resolvieran todo, si había algo que resolver. Mi madre me sintió febril e inquieto, pero
no intentó decirme nada, como si adivinara que en mi ser se desataba una tormenta,
esperando que al final todo volviera a ser agua mansa. Al amanecer me levanté tratando de
disimular mi angustia, preparé mis cuadernos y esperé el desayuno. A la hora de
costumbre salí queriendo dar la impresión de que "todo iba bien". Llegué al
sauce temblando y luego corrí; me detuve frente a la casona que por la mañana era aún
más vetusta; un viejo camión de carga estaba detenido junto a la verja. Tres hombres con
overoles sucios sacaban del interior algunos objetos y los tiraban sobre el vehículo.
Ella no apareció por ningún lado. Supuse que la habían llevado a otra casa, donde
estarían velando a la anciana, y cuando me disponía a alejarme, con un vacío en el
alma, vi que uno de los hombres salía de la casa cargando con dificultad un maniquí con
una larga cabellera rubia y con la piel más blanca que había visto en mi vida. 
René BASCOPÉ (1954-1984). Narrador, poeta y periodista. Fundador
y codirector de la revista "Trasluz". Fundador del Semanario Aquí y director de
la misma publicación a la muerte de Luis Espinal. Obtuvo varios premios nacionales e
internacionales. En 1983, publica un volumen de cuentos titulado La noche de los turcos y
en 1985 publicó su novela La Tumba Infecunda, ganadora del Premio Erich Guttentag. Su
ensayo La veta blanca (1982) conoció varias ediciones.
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