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Colección Literaria / Gonzalo Lema


Tumbalocos

                  por Gonzalo Lema

El camión pasó rápido un claro del Chaco. A su derecha, un hotel de dos pisos y otras tres casas bajas, de paredes blancas, quedaron desdibujadas por la polvareda que levantaba.

El viejo juez Jaramillo despertó justo cuando el barquinazo lo elevaba de la plataforma astillosa de la carrocería y apenas tuvo tiempo para sujetarse de la llanta de repuesto antes de que el camión tropezara nuevamente con una cadena de hoyos en el camino.

"Palos Blancos", murmuró. "Asiento judicial".

El camión no disminuyó de velocidad para entrar a un juego de curvas. El juez Jaramillo volvió a sujetarse de la llanta y superó con éxito las dos primeras pero, a la tercera, la pesada llanta amenazaba con aplastarlo contra las paredes de la carrocería. Abandonó su maletín y su sombrero de petimetre, se puso de cuatro patas y penosamente trató de llegar al fondo, como si se tratara de un refugio. En cada barquinazo se golpeaba las rodillas y en el resbalón de las curvas se astillaba las manos. "Juez de vigilancia", se repetía, mientras el camión pujaba cuesta arriba. Luego logró sujetarse de una tabla salida del piso y aprovechó para torcer el cuello y mirar al cielo profundo: a un metro de su cabeza pasaba el aire cortado por el camión. Se levantó en varios movimientos, sujetándose de la carrocería. Cuando llegó a pararse recibió una bofetada del tufo caliente del Chaco. Retrocedió un paso con un solo pie. El otro lo mantuvo firme, pero unos segundos después se vio obligado a volcar la cara y recibir el aire en la nuca. El camión corría como se podía hacerlo en los años treinta, y a veces iba kilómetros de kilómetros tocando bocina.

El juez Jaramillo volvió a ubicarse de cuatro patas y trató de llegar, una vez más, al fondo de la carrocería. Estaba en ese intento cuando el camión se elevó por los aires y la llanta, en un rebote, le mordió la mano, pero luego hubo otro barquinazo que se la liberó. La llanta se elevó en saltitos, como un sapo, y, ante su desconcierto, se fue hacia atrás. El camión pasó rápido por un campamento de trabajadores que hacían el servicio de caminos, y unos metros más adelante frenó en una sola pisada del pedal: el juez Jaramillo se fue de bruces, dio, sin desearlo, un volteo correcto y otro doloroso de un costado, se arrastró en el mismo impulso un par de metros y frenó todo en un choque fuerte de su espalda contra la pared posterior de la cabina. Cuando abrió los ojos, una maleta enorme irrumpía en el escenario de la carrocería, con un ruido seco. Tras de ella se descolgó un hombre que no lo miró.

Media hora más tarde, el juez dormitaba como un lirón. El hombre, en cambio, viajaba parado en medio de la carrocería, manteniendo perfectamente el equilibrio. El juez durmió como un par de horas aunque a él le parecieron más. Cuando despertó, sus párpados se abrieron sin ningún esfuerzo y su boca esbozó una sonrisa arrugada. Frente suyo, con un cigarro en los dedos, el hombre continuaba un equilibrio muy parecido al baile. "Hola", le dijo éste mientras echaba el humo hacia el cielo. El juez Jaramillo dio la impresión de recién estar reparando en él. "Por qué baila", le preguntó afirmando. El hombre ser rió: "Cuando viajo no duermo", le dijo. Luego añadió: "Soñaría pesadillas". El juez se levantó penosamente y desempolvó a manotazos su raído traje gris. Buscó su pequeño maletín con mirada: lo encontró bajo los pies del hombre. Hizo un ademán para que se lo devolviera. "Sólo duermo dos horas al día", dijo el hombre. Se bajó del maletín, se lo dio en la mano, y continuó: "Después de almuerzo". El viejo juez, desconcertado, tosió antes de rellenar a golpes las huellas profundas del hombre en su maletín. Luego buscó su sombrero en los cuatro costados. "Se habrá volado", dijo para sí. El hombre pareció confundirse. El camión tronaba en su esfuerzo por escalar la cuesta. "Quién se ha volado", preguntó realmente preocupado. El juez, mientras tanto, había logrado gatear hacia el otro costado, hacia la llanta de repuesto. Luego trató de empujarla e hizo palanca con sus piernas, se esforzó, se puso colorado y no pudo moverla. El hombre observó todo, ajeno a ese esfuerzo. El juez volvió a su lugar, siempre a gatas, en busca de un pañuelo en el maletín. El Chaco se iba alejando en cada curva. El olor a podrido de su vegetación se aligeraba en los metros conquistados al llano. El hombre se acercó bailando a la llanta, la pulsó alzándola un tanto. "Pesa como un hombre muerto", dijo y se rió. El juez no lo podía escuchar porque se limpiaba la nariz. Luego buscó sus lentes en sus diez bolsillos y no los halló, pero sí en el maletín. El hombre, mientras tanto, había alzado la llanta en vilo y la había depositado en la otra esquina. "Como dos muertos", corrigió feliz. El juez se abuenó con la vida al empuñar sus lentes. lba a frotarse las mejillas con ambas manos pero se detuvo pensando en las astillas. "A dónde viaja", preguntó el hombre en medio de su baile de equilibrio, con tono policial. El camión tronó aún más en ese instante. Detrás de ellos se levantaba el polvo denso por encima la altura de la carrocería. El juez creyó haber escuchado algo pero, al no estar seguro, prefirió callarse. Se miraron a los ojos. El juez se sentó sobre su maletín y su vista se posó mansa en el lugar donde antes había estado la llanta. "¿Es mi sombrero?", preguntó exaltado. El otro le hizo señas de que sí, con la cabeza. El juez se fue a gatas a recuperarlo. El camión aceleró y lo mandó de bruces contra la pared del fondo. El juez no se violentó con el golpe, sino que feliz tomó su sombrero y lo sacudió con la mano libre. "Gracias a Dios", dijo sinceramente. "En mi familia sólo heredamos este sombrero". Lo golpeaba contra una mano, feliz. "Gracias", le dijo al hombre. Este levantó los hombros con cierta suficiencia.

Un minuto más tarde se acercaba al juez y se presentaba:

"Juan Ramírez", le dijo. "Para servirle". La mano del juez crujió en la del hombre. "Por qué no se sienta un momento", le preguntó. El hombre continuó bailando. "Aprovecho el viaje para mi preparación física", le contestó. El juez se limpió la nariz y abrió la boca: sintió en su cerebro que la tela del oído derecho se le desgarraba completamente. El hombre bailaba alrededor de su inmensa maleta. En sus movimientos había algo que desentonaba. El juez lo miró mejor: "Mucho cuerpo para esas pobres piernas", pensó. El camión volvió a eso de los barquinazos y el juez advirtió que la llanta se le aproximaba a saltitos. "¡Mierda!", dijo. Trató de huir a gatas pero el sombrero en una mano le obstaculizaba. El hombre observaba todo nuevamente indiferente, pero por suerte para el juez el camión hizo un súbito alto en plena cumbre y el conductor, gordo y petiso, apareció frente a ellos desperezándose. Su ayudante orinaba contra la llanta trasera: escupía, pateaba y orinaba. El juez, al ponerse de pie, se dio de bruces con el conductor que trepaba. "Perdón", alcanzó a decir sin evitar chocar cara contra cara. El conductor, de cara aindiada, se rió.

Mientras el juez se frotaba la nariz, los escuchó hablar:

- Que tal, Tumbalocos -saludó el conductor.

El juez se sorprendió. El Tumbalocos le respondió al conductor con un seco golpe cariñoso en la espalda. El ayudante pateaba las llantas con el pie descalzo. El otro calzaba una abarca. Luego se fue tras unos matorrales transparentes. El juez Jaramillo abría una y otra vez la boca para destapar el oído. "Ahora también es el izquierdo", dijo con tono suave. El conductor lo miró extrañado y le preguntó si se trataba de un tic. "Es el oído", el juez le corrigió. Después el conductor bajó de la carrocería y llamó al ayudante. Antes de subir a la cabina, se dirigió al Tumbalocos:

- En la otra curva -le dijo-. Es mejor.

El juez nuevamente abrió la boca y sintió que sus oídos se desgarraban. Se limpió la nariz antes de preguntar si ya partían.

El camión arrancó penosamente luego de dudar si marchaba hacia adelante o hacia atrás. El juez se había acomodado sentado en la misma esquina de siempre y el hombre continuaba parado.

Del Chaco ya no quedaba más que un verdor al fondo, encajado entre el cielo y la tierra. El camino hacia adelante era pampa pelada, paja brava, piedras menudas en las faldas de los cerros.

Imprevistamente, el hombre le preguntó: - A qué fue a Villamontes. El juez abrió la boca varias veces, como si ejercitara la respuesta:

- Asuntos de gobierno -dijo. Se arregló la levita de principios de siglo con cierto orgullo-: soy juez de vigilancia.

El camión se estacionó demasiado inclinado contra la cuneta. El juez se reclinó al otro lado tratando de lograr el contrapeso. El conductor trepó a la carrocería y ayudó al Tumbalocos a cargar la maleta y juntos la llevaron hasta el borde del precipicio.

- ¡Listo! -dijo el conductor palmeándose las manos.

El Tumbalocos la pateó al vacío.

El juez se sorprendió de verlo trepar nuevamente al camión. "¿Qué no se iba?", le preguntó. "Ya se fue", le contestó el otro. El juez no entendió la respuesta. "Estoy recontra sordo, casi como una tapia", murmuró.

Media hora más tarde volvió a parar el camión y el Tumbalocos le dijo: "Ahora sí que me voy". El juez se limpiaba la nariz y sólo alcanzó a responderle cuando él ya estaba junto a la cabina:

- Que le vaya bien -le dijo, con entusiasmo-. Suerte.

El Tumbalocos se rió. Dio unos billetes al conductor que también se reía, igual que el ayudante, y contestó:

- Mientras haya oposición, habrá suerte.

El juez no escuchó bien. Abrió la boca para destaparse los oídos y luego gritó por encima del ruido del camión:

- ¡Soy el juez Jaramillo! ¡Si necesita algo, búsqueme!


Gonzalo LEMA (1959) Narrador. Ha publicado Nos conocimos amando (1981), cuentos; Este lado del mundo (1985), novela con la que obtuvo en 1983 el Premio Erich Guttentag; El país de la alegría (1987), novela; Anota que soy un hombre (1990), y La huella es el olvido (1993).

 

 

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Last Updated 20 June, 2003 - 02:30 PM -0400


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