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Colección Literaria / Raúl Teixido


Vuelo Rasante

                      por Raúl Teixidó

Para el cineasta Alfonso Gumucio Dagron

Traje beige, zapatos marrones, sombrero de fibra, adecuado para la estación. Más o menos igual que la última vez.

Espero que haya Ud. descansado, comenta Don Aurelio y le obsequia con una consumición: clientes como Mr. John prestigiaban el local.

Por lo demás, el forastero no había cambiado. La misma parsimonia, idénticos hábitos. El Campari, los periódicos que compraba en el quiosco de la plaza y que luego leía a los postres... Era de esperar que no hubiese olvidado las jugosas propinas.

Baltasar, el fotógrafo medio adormilado en un asiento a la sombra, junto a su vieja cámara protegida por una funda, entreabre los ojos para observar al hombre de traje claro que se aleja del quiosco de Salustiano. Paso ágil, buena estampa. Un tipo fotogénico. Piensa que le gustaría hacerle una foto a Mr. John tal como le veía en aquel momento, encaminándose al bar de Don Aurelio, entre el ralo arbolado y el campanario de la iglesia insinuándose a corta distancia. La toma debería ser ligeramente elevada -desde uno de los balcones de la pensión, por ejemplo- para ofrecer una buena panorámica. Un turista solitario con su bonito y bien planchado traje veraniego y sombrero de ala caediza en perfecta consonancia con el resto de su indumentaria, atravesando la plaza en dirección al borde superior de la fotografía: de tarjeta postal. Al dorso podría leerse Santa María del Camino, Plaza de la República, poniendo así de manifiesto, que, pese al letargo propio de la época, aquella apacible ciudad poseía también su nota de color internacional merced a gentes de otros sitios que transitaban por allí o incluso se quedaban a descansar unos días, como aquel anónimo forastero.

Don Aurelio alcanza a leer el nombre que encabezaba la carta que Mr. John ha empezado a escribir: Linda. Claro, hay que pensar en la familia. Ayer anduvo todo el día fuera y hoy hará otro tanto, me parece -piensa Don Aurelio dándose aire con la servilleta. Cuando no salía, Mr. John descansaba aproximadamente hasta las cinco; luego ocupaba siempre el mismo lugar en el comedor vacío y se ponía a trabajar allí, apuntando cosas con su letra diminuta y presurosa, acompañándose de una infusión digestiva que bebía a intervalos, sin decir palabra. Hombre tranquilo, negocios en orden...

John Talbott, norteamericano. Agente comercial (suministros oficiales por cuenta de la firma Campbell & Mc. Gregor, de material agrícola).

Anteriores visitas al país: noviembre 1969 y abril 1970, con permanencias de una a dos semanas, por razones de trabajo.

Adjunta, una, nota de la Superioridad: "Al parecer los viajes al país del ciudadano norteamericano John Talbott obedecen a motivos distintos de los alegados, presumiblemente actividades ilícitas en perjuicio del Gobierno constitucional, en connivencia con elementos nativos. Deberá ser objeto de discreta vigilancia en tanto permanezca en esa localidad, a la espera de cualquier otra indicación que emane de esta Jefatura".

El hombre de tupido mostacho contempla la calle desde la ventana, enjugándose de rato en rato el sudor, atento a la única cosa que se mueve en esos momentos en el exterior: la figura achaparrada y polvorienta de un asno aguador, con sendas tinajas sujetas por correas a cada lado del lomo, y el individuo astroso que va detrás con paso desmayado, entre una larga hilera de puertas cerradas. El Capitán Gómez requiere al subalterno y le entrega algunas hojas que tiene sobre el escritorio. El ventilador, situado encima de un fichero, no cesa en su vaivén sin lograr remover la muralla de aire recalentado. Cuando vuelve a estar solo, el Capitán Gómez retorna a su puesto de observación. El asno aguador y su propietario han desaparecido, y la avara línea de sombra que proyectan los techos al pie de las casas se antoja apenas el fino trazo de un lápiz sobre una superficie de viejos restos calcinados.

"Mr. John se aloja siempre aquí, en efecto. No sé nada de sus actividades profesionales, habla poco, Ud. comprenderá. Creo que hace negocios con el Gobierno. No recibe visitas, no señor. Hoy salió muy temprano, igual que ayer. Cuando no va a ninguna parte toma sus comidas en el restaurante y se pone a trabajar en aquella mesa, quizás porque se encuentra demasiado solo en su habitación. Huésped agradable, sin malos hábitos, puedo certificarlo... Tal vez no sea muy discreto de mi parte, pero a la policía se le puede contar todo: esta mañana escribió a su mujer. Se llama Linda". Don Aurelio mira la frente sudorosa del Capitán Gómez y su gran mostacho, áspero como un cepillo de pura cerda. "Ya sabemos que el gringo no está hoy en casa. Deme la llave". Dos hombres permanecen en el bar mientras el Capitán Gómez sube sin demora. Don Aurelio se pregunta lo que sucedería si Mr. John apareciese de un momento a otro y respira aliviado cuando el Capitán Gómez da por concluida su inspección. "Ya lo ve, pura rutina. Pero cuidado con estropearnos las cosas chivándose al gringo, por que yo lo sabré" -alza un dedo calloso y ennegrecido en un vago ademán envolvente que incluye el mostrador, la estantería, dando a entender que una indiscreción podía costarle eso y mucho más a Don Aurelio. Luego se cala la gorra con ambas manos, hace una venia y sale. Don Aurelio se pone a limpiar el mostrador con semblante preocupado.

Casi a medianoche, Don Aurelio bajó a la cocina pensando en beber una cerveza fría. Le pareció que algo se movía detrás de la puerta de servicio, acaso los perros que todas las noches revolvían los cubos de basura. La silueta de Mr. John avanzando hacia la zona iluminada disipó su inquietud: Ah, es usted... Comentó que se había entretenido por ahí después de cenar, ya que le costaba dormir a causa del calor. Su rostro, sin las gafas de sol, revelaba algunos signos de envejecimiento. Don Aurelio le confesó que también tenía dificultades para descansar por la misma razón y le ofreció algo refrescante. Bebieron una lata de cerveza en la mesita de la cocina, hablando de todo un poco.

Don Aurelio hubiera preferido no verle al menos hasta el día siguiente, como si para entonces la visita, aquella tarde, del Capitán Gómez, pudiera considerarse lo bastante remota como para no mencionarla. Comprobó personalmente que habían dejado todo en orden y confiaba por lo tanto en que Mr. John no se apercibiera de la requisa... Mr. John le caía bien, era un tipo con clase. Jamás regateaba y, pese a ser muy parco, inspiraba confianza. Le dijo que vivía con su mujer y dos hijos en Nueva Orleans. Llevaba diez años en la empresa, lo que le había permitido conocer varios países de habla hispana. ¿Por qué tenía que hacer esos viajes a lugares de clima tan riguroso, como un simple vendedor ambulante, si al parecer Mr. John valía para mucho más? Y para colmo, ahora la Policía le había puesto el ojo. El Capitán Gómez no se mostraba muy convencido de las ocupaciones "legales" de Mr. John. De confirmarse esas sospechas... ¿a qué se dedicaría en realidad Mr. John? Si hacía contrabando de licores o cigarros, podía dejarle unas cuantas cajas a precio de amigo. Don Aurelio sonríe ante su propia ocurrencia y se revuelve sin lograr conciliar el sueño. La camiseta se le ha pegado al cuerpo y tiene otra vez la garganta seca... Ahora sí, llegan los perros y empiezan a alborotar con sus gruñidos famélicos. Don Aurelio permanece un buen rato escuchándolos, sentado al borde de la cama.

Baltasar, el fotógrafo de la plaza, advierte la presencia de Don Aurelio que está barriendo la acera del bar, y le hace un gesto amistoso. Pitanza de oficio, no sé cómo se las arregla para vivir, piensa Don Aurelio devolviéndole el saludo. Ninguno de ellos ha visto a Mr. John durante toda la mañana.

- ¿Y si lo retuviéramos hasta efectuar comprobaciones? - El señor Talbott no está acusado de nada, solamente sospechamos. ¿No leyó usted la comunicación? - Tal vez convendría...

- En cuarenta y ocho horas nuestro servicio de inteligencia nos dará la confirmación definitiva, Capitán Gómez, incluso antes. Esta Superioridad agradece su celo profesional, pero le pide también un poquito de paciencia. No hay que olvidar que el señor Talbott es ciudadano de un país amigo...

- ¿Y si resulta que es un contacto? Ahora mismo tengo al tipo en Santa María, al alcance de la mano. No vaya a ser que nos madrugue...

- No ha podido enterarse de que le vigilamos. Y de todos modos, si intenta marcharse por cualquier motivo antes de pasado mañana, queda usted autorizado para retenerlo preventivamente.

En resumen, jefatura no autoriza un arresto cautelar, como si luego no pudiéramos disculparnos en caso de error. Les encanta pisar huevos, eso es todo. Sin policía política ni tanta vaina a mí me da en las narices que este tipo anda conectado con grupos subvertores, no sería el primer caso... El Capitán Gómez enjuga el sudor que le corre por la barbilla y repasa de nuevo, nerviosamente, la ficha de John Talbott. Pasaporte, cédula laboral de la empresa, visados, todo en orden, sí señor. Un viajero muy pulcro, ninguna pista comprometedora en su habitación, sólo material de trabajo, periódicos en inglés y novelas de bolsillo: demasiado "limpio". Al Capitán Gómez no se la iba a jugar...

"Ese mecánico... ¡viene o no viene!" Pablo demora unos segundos en comparecer. Lo hace en el momento preciso en que el Capitán Gómez, dominado por su impaciencia, se dirigía a la salida, por lo que ambos están a punto de colisionar. "¡Dónde se mete! Venga y escuche lo que voy a decirle". El Capitán Gómez acepta un refrigerio por cuenta de la casa, se apoya en el mostrador y cuando tiene muy cerca a ambos hombres, se despacha con rotundidad... "No voy a repetirlo, de modo que muy atentos. Recuerden que represento a la autoridad en este lugar -y por lo tanto al Gobierno Nacional- y que estoy solicitando su colaboración... El señor Talbott suele pasar algunas temporadas entre nosotros, como sabemos, pero en Comisaria tenemos motivos para pensar que esta vez intentará irse antes de lo previsto. Está en su derecho, como todo el mundo, pero no se trata de eso ahora ni estoy aquí para dar explicaciones. Mañana sale un vuelo a la capital, seguramente intentará cogerlo. Usted, cómo se llama, Pablo. El gringo le alquiló el coche que viene utilizando desde que llegó, ¿no es así? Pues bien, lléveselo hoy mismo al taller, alegue una avería o lo que sea y dígale que de todas maneras lo tendrá listo a primera hora de la mañana, por si lo necesita, así no sospechará nada. Interesa que no disponga de medios propios de locomoción al menos hasta mediodía en que sabremos a qué atenernos. A lo mejor al final resulta que tanta precaución no era necesaria, pero eso es asunto de Comisaría. Ah, y si intenta salir de aquí por cualquier otro medio antes de esa hora, me lo comunican in-me-dia-ta-men-te, ¿entendido? Mucho ojo, puedo acusarles de entorpecer la ley". Pablo asiente con expresión de estupor. El Capitán Gómez sale sin despedirse. Don Aurelio permanece pensativo, contemplando el comedor vacío. Al Gobierno, de toda la vida, lo habían financiado los gringos, incluso se decía (más en serio que en broma) que lo elegían ellos, y no el pueblo que votaba en las urnas, porque de una u otra manera siempre resultaba elegido su candidato. Pero he aquí que, por lo visto, había también gringos de otra especie, contrarios a los gobiernos apoyados por sus paisanos, y Mr. John parecía pertenecer a ella...

En cualquier caso, parece que tendremos marejada, sentencia Don Aurelio en voz baja.

Después de la cena Mr. John comentó con Don Aurelio que Pablo se había llevado el automóvil para una reparación de poca importancia. Y añadió que de todos modos ya no lo necesitaría, pues se veía obligado a abreviar su estancia en Santa María por motivos familiares. A Don Aurelio le costó trabajo disimular su impresión. Nada serio, espero, Mr. John -dijo con esfuerzo, pensando en todo lo que el Capitán Gómez les había dicho unas horas antes. Sentíase como si asistiese involuntariamente a una extraña y peligrosa cuenta atrás cuyo dispositivo acababa de ser activado delante mismo de sus narices.

Las insistentes llamadas del Capitán Gómez a la Superioridad no habían producido efecto alguno, salvo el de reiterarle que aguardase un mensaje urgente en cualquier momento. Y ese momento llegó cuando se encontraba justo a mitad del camino entre su escritorio y la ventana que daba a la calle, a donde iba a apostarse para dominar su impaciencia: las sospechas de la Policía Política sobre la verdadera índole de las actividades del señor John Talbott en territorio nacional, se habían confirmado plenamente. En consecuencia, el Capitán Gómez debía proceder a su inmediata detención, manteniéndole incomunicado hasta la llegada a Santa María del Camino de los agentes del gobierno que se harían cargo del incriminado.

Don Aurelio no puede creer que se ha atrevido a hacerlo, pero ya estaba, se lo había dicho: no sé lo que usted hace ni me preocupa Mr. John, si al fin y al cabo es para bien de la mayoría de este país... Ayer sufrió usted una requisa en su... Ah, ¡se dio usted cuenta... ! No me atreví a decirle nada, compréndalo, el Capitán Gómez me amenazó si se filtraba algo. Pero eso no es todo. Quiero avisarle que están sobre usted, lo del coche de Pablo es un truco para tenerle aquí incomunicado en tanto deciden si le prenderán o no... No podía dormir con este peso en la conciencia, Mr. John, creo que no es usted una mala persona. Eso sí, si hay líos, por lo que más quiera, ni una palabra de todo esto... Me gustaría haber obrado correctamente, Dios mío, sólo eso, correctamente... Don Aurelio se mira las manos dando vueltas por la habitación en la peor noche de insomnio de su vida. Los perros hambrientos ladran detrás de la cocina. Don Aurelio no se decide a bajar, en esta ocasión beber no le traerá ningún sosiego...

Los dedos tamborilean nerviosamente después de marear un número telefónico. Al otro lado de la línea hay un silencio de hilos rotos, de vacío astral, en tanto el invisible proyectil de una llamada se abre paso en la oscuridad y la distancia hasta encontrar finalmente el blanco. Cuando es tiempo de hablar, el hombre del traje claro indaga con voz neutra: ¿hostería Marechiaro? Si señor -responden -. Toda clase de menús a domicilio. Atienda, entonces, quiero cancelar un pedido, el número 20127. La familia no ha podido reunirse y de momento hemos suspendido la fiesta. Avise a Enrique, necesitará con urgencia su remolque, si es posible tan pronto como amanezca. ¿Entendido? Mr. John repite el mensaje para asegurarse de su perfecta recepción y permanece aún algunos segundos en la cabina luego de colgar el auricular.

El Capitán Gómez se atusa el bigote y dispone un plan táctico con indisimulada fruición. "Ustedes tres, conmigo en el jeep. Dos quedarán fuera, vigilando las salidas del hotel, la puerta principal y la de servicio, que da al callejón. Usted me acompañará a entrar". Sus vivaces ojos parecen los de un adolescente avejentado y adiposo a punto de cometer alguna fechoría. Tengo al pájaro, tuvo que venir a caer justo a Santa María -va pensando mientras se ajusta la correa del revólver-. Frito. Escabechado, lo voy a dejar. Sin tiempo para decir la pájara que me parió. Ya le estoy viendo la cara... Y si se la busca, lo enfrió allí mismo. Al fin de cuentas se trata de un agente enemigo y en esta clase de guerra no valen extranjerías ni pendejadas...

Mr. John le estrecha la mano mirándole a través de sus gafas de sol y murmura unas palabras de agradecimiento. Don Aurelio desespera por preguntarle cómo piensa burlar el cerco policial que a buen seguro iría cerrándose a cada minuto que pasaba. En cambio se limita a balbucear buena suerte... amigo sonriendo desganadamente, en tanto Mr. John le introduce casi sin que lo advierta unos billetes en el bolsillo superior de la camisa.

Mr. John vuelve a saludar antes de salir, llevándose la mano al ala del sombrero. Don Aurelio le sigue con la mirada: se trata de un individuo alto y elegante, vestido a propósito para la canícula, con su inseparable maletín negro en la diestra, cruzando lentamente la calzada en dirección a la plaza, bajo el sol mañanero. Un buen cliente que se marcha agradecido, sin duda con la intención de volver dentro de algún tiempo... Mientras, suena la música del tocadiscos automático al que alguien ha echado una moneda. ¿Por qué todo este asunto no podía terminar de aquella sencilla manera?

Mr. John advierte la proximidad del jeep en una de las calles que desemboca en la plaza. Protegido por el quiosco de Salustiano permanece momentáneamente a cubierto, hasta que uno de los ocupantes repara en él al tomar la curva. El vehículo frena en seco, se escucha el chasquido de las armas puestas a punto y una voz de alto. En una reacción fulminante que ni el más atento observador hubiese podido vaticinar, Mr. John efectúa una extraña pirueta y echa en seguida a correr hacia la bocacalle opuesta, libre aún de vigilancia, con la celeridad de un zorro que se precipita en la espesura. Incapaz de seguir la acción desde el mostrador, Don Aurelio busca de inmediato un mejor acomodo.

De súbito, un monumental estrépito rasga el aire y la ventana del comedor se deshace en una copiosa lluvia de cristales, proyectados en todas direcciones. Una nube de polvo se alza paulatinamente entre los árboles de la plaza.

Tras la explosión, uno de los cuatro hombres uniformados permanece inmóvil en el suelo. El Capitán Gómez se incorpora con presteza en medio de la humareda, mientras en los techos los pájaros chillan empavorecidos. Por la enorme abertura del escaparate descubre a Don Aurelio que, viéndole, intenta desatar trabajosamente su lengua: iDios santo, Capitán! ¿Qué diablos...? ¿Qué espera para llamar una ambulancia? -le espeta el Capitán Gómez empuñando su pistola, el rostro desencajado por la ira. Sin esperar respuesta enfila hacia la calle por la que Mr. John se ha escurrido hace unos minutos. Uno de sus hombres, ileso, va con él.

Es un individuo comedido y silencioso que siempre hace las mismas cosas y no da jamás la impresión de tener prisa, pero esta vez -inaudito-, ha dejado tras de sí un trepidante rastro de carreras y sobresaltos, y la humeante chatarra de un jeep oficial, con sus ocupantes descabalgados como marionetas, y el soberano susto de Pablo, el mecánico, sin más conocimiento del asunto que el estruendo proveniente de la plaza y lo visto y sentido a continuación: el forastero, pistola en mano, irrumpiendo en el taller para obligarle a arrancar con la premura de un alma que lleva el diablo y convirtiéndole de paso en inesperado rehén. Después de lo cual Pablo había perdido todo interés por este mundo, a excepción del volante que tenía entre las manos y el tramo de camino polvoriento que a cada instante parecía meterse más a prisa por debajo de las ruedas y llevarles a saltos a lo largo de aquel camino que el forastero conocía a la perfección, y que iba junto a él apuntándole, mientras con la mano libre se sujetaba el sombrero a fin de que no se lo arrebatase la caliente ventolera que levantaba la marcha, atento a si Pablo hacia alguna maniobra engañosa o se presentaba algún obstáculo, que a esa velocidad sabe Dios cómo lo hubieran esquivado... La pesadilla de Pablo había ido a menos en las proximidades de un calvero, hacia donde el hombre de traje beige se había dirigido después de conminarle a seguir solo hasta el final de la ruta y retornar luego a la ciudad dando un rodeo.

Azorado como estaba, Pablo no sabía decir si el forastero cubrió esa distancia por su propio pie o si antes de llegar al calvero se lo había tragado la tierra. Advirtió, eso sí, cerca de los árboles, el perfil de una avioneta blanquiazul, como las que se utilizan en labores de fumigado, pero obviamente puso su mayor empeño en acatar las órdenes recibidas, pues no era cosa de que todo se le complicase tontamente al final. Ni siquiera había levantado los ojos ante el persistente ronquido de un motor -el de la avioneta, sin duda- que ganaba altura tras el despegue. Qué podía hacer yo, encorajinado como estaba aquel loco, y armado, Capitán -razonaría más tarde Pablo bajo la mirada de basilisco del representante del Gobierno, mientras en la Plaza de la República, inusitadamente llena de curiosos durante toda la mañana, Don Aurelio estaría pensando en que una nueva vidriera le costaría al menos seis meses de propinas, la madre que...

Don Aurelio acomoda en un rincón los útiles de limpieza que acaba de emplear, como todos los días, para poner a punto el comedor. Acciona un interruptor y las hélices de madera situadas en lo alto se ponen en movimiento. Después, se sirve una copa y se sienta fatigosamente, mirando la plaza a través del cristal -nuevo- sobre el que las palabras Restaurante Alojamiento Continental forman un arco perfectamente geométrico. Baltasar, el fotógrafo, ha iniciado ya su faena, aprovechando las gentes que salen de misa. Salustiano aún espera la prensa del día: en Santa María nadie tiene prisa por conocer las noticias. El tocadiscos desgrana una bonita música de marimba. Don Aurelio no se percata de que los ojos se le cierran...

Se levanta para atender al recién llegado. El traje beige luce nuevo, igual que el sombrero. El maletín, en cambio, parece el mismo de otras veces. El hombre del traje claro sonríe enigmáticamente y le enseña una postal en la que puede verse a un desconocido que viste exactamente como él, atravesando una solitaria plaza de una ciudad del trópico, la firma por detrás para enviarla a Nueva Orleans y se acomoda luego tranquilamente a leer los periódicos, pues ignora que en cualquier momento puede ser detenido, o morir... Una cerveza fría, una conversación amigable en el relente, sobre negocios y muchachas voluptuosas... Trescientos dólares por unas palabras de complicidad... Acaban de dar las siete y media, hora del café bien cargado y de las granadas de mano... Buen viaje y hasta pronto, Mr. John...

La llegada de los primeros clientes arranca a Don Aurelio de su amodorramiento.

Se dispone a atenderlos, limpiando el mostrador con gesto maquinal.

¿Por qué rumbos andaría ahora ese diablo de gringo?


Raúl TEIXIDÓ (1943). Abogado, crítico y narrador. Obtuvo el Premio Nacional de Cuento de la Fundación Edmundo Camargo en 1965. Reside en Igualada, España. Publicó las novelas Los Habitantes del Alba (1969), y El Emisario (1992); los libros de relatos En la isla y otras narraciones (1991) y La puerta que da al camino (1979). Sus artículos de crítica han sido reunidos en los volúmenes La vida redimida (1979) y Autores y personajes (1993). Su obra de carácter autobiográfico está publicada en A la orilla de los viejos días (1995) y en Jardín umbrío (1994), libro que además reúne varios poemas del autor.

 

 

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Last Updated 20 June, 2003 - 02:30 PM -0400


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